viernes, 10 de diciembre de 2010

El nacimiento de León


León y papá Juan campesino

“León nació un atardecer del 25 de Diciembre de 1993. Bajo la luz de las velas y en el suelo sobre una estera de totora y de parto natural...

Después de sostener a su madre por varias horas hasta que ha parido, yo mismo le amarré el cordón umbilical junto a su tío materno Alejandro, quien luego fue a vivir a Suecia, siguiendo lleno de amor a la sueca Ylva (Loba) a quien conoció en esta casa “bíblicamente hablando”.

Muchos de nuestros amigos llegaron a visitarnos esa tarde... Entre ellos “La Tigresa” y “El Kevin”, la gata de la casa y un chou-chou negro y grandote que cuidaba el lugar cuando estábamos en la ciudad.

Afuera las montañas imponentes nos miraban, en el cielo despacio la Luna se asomaba y el Sol caía allá lejos en el horizonte.

En la chimenea hecha de un tambor aceitero viejo, ardía el fuego...
En el campo cantaban los grillos,
y en el estanque de vez en cuando uno de los pececitos rojos saltaba para atrapar a un mosquito.

A la otra semana, León se bautizó por las patitas en la Caleta de Pescadores de Horcón,
lo tomé por debajo de los brazos y lo hice caminar entre las piedras de colores y la espumita del mar.

Así llegó León al mundo...





Luego cuando crecí y seguramente por eso de las cargas eléctricas diferentes y por mi rara afición desde los cinco años a los discos de Canaro, mi padre estudiando en allende Los Andes y mis antepasados de San Juan, me enganché así como de un sorpresón con una argentina. De súbito, las costumbres del mate, las pizzas y toda su cultura y costumbres italianas que le veían por sus abuelos calabreses, se metieron de un viaje en mi cama, acompañando como postre al plato de besos y de abrazos, una infinidad de cursos de astrología, masajes, reflexología, ejercicios de yoga, energía, seres de luz y toda clase de parafernalia “espiritual” muy corriente allá por Buenos Aires hasta extremos del delirio, como que Maradona tiene su iglesia propia inscrita en el Registro de Cultos de la Nación; o sea según sus devotos Maradona es un dios, ¡así como lo oyó!.

Compartía yo en esos años un departamento junto a su hermano que era mi amigo y su pareja una gringa hippie que había recorrido un par de veces el mundo y que casi murió en medio de una tormenta en su último viaje pasando en un yatecito por el Estrecho de Magallanes o quizás más al sur. Asiduos de seminarios de salud, buenas vibras, bailes sufíes, cursos de tai-chi y campañas para proteger ballenas, ciervos y pajaritos del tulurú de esos que salva Greenpeace.

Lanas, pañoletas, chalecos de alpaca con animalitos, sandalias y pulseritas varias adornaban a este nuestro grupo, una citrola vieja y luego un furgón escolar amarillo de los años sesenta, con un motor que tronaba como que todo se le rompía adentro nos movilizaba por Providencia en medio de miradas sonrientes de la gente.

Así en esos ires y venires fue como fui conociendo al que fue mi amigo, siendo su instructor de tai-chi allá por el año 1990. Nos hicimos cercanos y de pronto me vi viajando los fines de semana hasta una su parcela en las montañas de Olmué, lugar en donde pasé algunos de los mejores momentos de mi vida, noches de luna sin luz eléctrica, pues el poste más cercano estaba a varios kilómetros, agua de vertiente, montañas imponentes, estrellas, piscinas improvisadas en estanques para riego por goteo encaramados en el cerro vecino en donde los amigos que llegaban de muchos lados del mundo y los habitúes nos bañábamos todos “empelotas”: las guaguas, los cabros chicos, los jóvenes y los viejos en medio de risas, buena onda, respeto y espíritu fraterno: piedras, cactus, desayunos comunitarios: queso, huevos revueltos, tunas, mate, pan integral hecho in situ y almendras del lugar.




Luego el domingo en la tarde “a dedo” de vuelta a Santiago o apretujados en una camioneta de algún amigo, un vecino o el que acertara a pasar por esos cerros que son lo más parecido al Valle de Elqui en las cercanías de la Capital. Recuerdo que una vez en uno de estos aventones nos llevó en su mercedes ´65, Emilio Lamarca, creo actual encargado de Cultura de la Cancillería Chilena, con ilustres parientes argentinos, una calle de la Capital Federal lleva el nombre de uno de los suyos su homónimo.

Una vez en Santiago cada cual trabajaba en lo suyo, ellos vendiendo pan integral, almendras, haciendo clases de inglés o atendiendo su restaurante al paso y yo enseñando Tai-Chi en una escuela, quizás la más grande y popular en esos años y así se nos pasaban los días y así se vinieron los años...

En este ambiente conocí a la que fue mi mujer y de pronto como suele suceder zangoloteos van y zangoloteos vienen y van y ¡chas! le empieza a crecer la guata, un niño se viene, siguen los viajes, siguen las fiestas, las risas, se escucha “El amor después del amor” de Fito y nosotros tres, pues ya somos tres giramos en medio de la noche santiaguina bailando y su madre y su vestido blanco y nuestro hijo bailado en la panza de su mamá...

Al pasar de los meses fue nacido de parto natural al igual que sus primas hijas de “La Gringa” en nuestra casa en las montañas. Entre los que ayudaron en esos días, su tío y otro che en ese tiempo amigo que viajaron como cual Reyes Magos desde tras la cordillera sólo para estar presentes, “La Gringa” mi ahora cuñada, quien había trabajado en partos naturales con las mujeres de los “aboriginese people” (la Gente del Sueño) allá en Ulurú (Ayers Rock), Australia fue la directora del evento y supervisó todo el proceso desde Santiago un médico ginecólogo “antroposófico” al que caímos por recomendación de alguno que no creía mucho en los matasanos formales. (yo tampoco les compraba con sus partos brutales a toda prisa y maniobras innecesarias para hacerse necesarios y desocupar rápido el pabellón y sigo en la misma, pues de acuerdo a mi experiencia, si uno les da tiempo, las guaguas salen solas resbalándose como pescaditos)


Un hombre en un sueño de amanecida

Habíamos anotado dos hojas de cuaderno completas por ambos lados y a dos columnas con los posibles nombres de la criatura sin poder decidir, hasta que a eso de un mes de nacido tuve un sueño: Me veo en la misma habitación de piedra y barro en donde nació León, los tres durmiendo juntos, tal como efectivamente lo hacíamos esa noche y de pronto un hombre se aparece en la oscuridad, no puedo distinguir su rostro, está todo en penumbras, me mira a través de la noche y dice: “Debes ponerle León, León es su nombre”, despierto asustado y miro a mi mujer y le cuento lo que he visto.“

Juan Contreras Bustos